¿Por qué escribir?

¿Y por qué no? ¿O por qué ahora?

Todos hemos comenzado algo que otros hacían antes, a veces sin plantearnos cuánto bien o mal nos traería aquello. Como una costumbre pasada de tú a tú.

No ha sido mi caso con la escritura. Empecé en enero de 2013. Final de la trilogía de Mass Effect. Siempre me han gustado los videojuegos, sobre todo cuando tienen un modo historia. Este fue particular. De todos los finales posibles, ninguno me convencía. ¿Era necesario que Shepard, con quien tanto me había identificado a base de tomar decisiones a lo largo de la aventura, acabara así?

Recuerdo que, tras terminar por tercera vez la última parte, salí mosqueadísimo del despacho. No y no, pensaba, el héroe no debería pasar por esto. Salvando las diferencias, para mí fue como lo que Conan Doyle hizo con Sherlock Holmes cuando se cansó del personaje. Ya entonces pasé días conmocionado, y lo que estaba ocurriendo ahora era un revivir de aquellas sensaciones.

No volví a jugar a Mass Effect. Sin embargo, necesitaba un mundo tan grande y movido como aquel para evadirme.

Aquella misma noche comencé a escribir.

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